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15 enero 2005

Relato número seis: Fumar puede engañar

— ¿Y cómo sabes tú eso? — le preguntó Ignacio.

— Pues lo sé, no te puedo decir quién, pero alguien me lo ha dicho y no le pongo cara. Además, yo ya te lo dije, que yo tengo un sexto sentido para eso —le espetó casi con desprecio Olivier. Acababan de llegar al lugar en el que habían quedado citados con Elena, y apenas habían pasado quince minutos desde que tenían algo que beber entre las manos y ya estaban comentando los últimos chismorreos sobre Ángel, antiguo amigo de Olivier primero, y del resto después, que no había acudido a la cita.

— No sé, la vida da muchas vueltas, a saber qué tipo de cosas le habrá tocado vivir — comentó Elena —Aunque por otra parte, se me hace un poco extraño todo esto que estáis contando. Yo a él lo vi muy convencido de que eso era lo que quería. Pero bueno, ya han pasado dos años y supongo que no querrá ni oír hablar de esas experiencias. Todos hemos tenido dudas con respecto a eso… — Elena hizo una breve pausa —Ya ves, casado y con un hijo. Feísimo, por cierto.

A medida que la conversación entre los tres iba avanzando, se iba volviendo más trivial, como cuando solían reunirse hace años. Siempre acababan hablando sobre banalidades, que era lo que más les divertía.

— ¿Te acuerdas, Elena, del día en que tu casero nos echó a la calle por montar la obra de teatro en el patio? Fue increíble, en mi vida me lo he pasado mejor— comentó Olivier

— Uf, todavía se oyen los gritos por el vecindario. Se puso hecho una fiera, y todo porque metimos a todos los mendigos del barrio en casa.

— Pero la intención era buena… los pobres no sabían ni qué era una obra de teatro —dijo Ignacio.

— La intención fue buena, pero los resultados… todavía recuerdo a aquel tipo asaltando la nevera mientras el otro registraba hasta debajo de los colchones a ver que se podían robar. Por no hablar del escándalo que formaron —dijo Elena, encendiéndose un cigarro —

— Aquello parecía una versión muy libre del Plácido de Berlanga—comentó Ignacio, a la vez que se colocaba bien la bufanda sobre la boca para protegerse del frío.

Al igual que Ignacio, Elena y Olivier empezaron a sentir frío; la noche no era muy cálida (lo normal para Diciembre), y estar en plena calle a la una de la mañana no ayudaba demasiado. Ambos se acercaron para poner sus cuerpos en contacto, de manera que el calor de los mismos consiguiera subir un poco la temperatura. Ignacio se acercó a Olivier, y le introdujo la mano derecha en el bolsillo izquierdo de su chaqueta. Cuando lo hizo, pudo identificar por el tacto un paquete de tabaco y un mechero.

— ¿Por qué tienes esto en el bolsillo?—le preguntó Ignacio

— Es para liarnos unos porros después. Ya que Elena siempre trae el material, que menos que yo aporte el tabaco, ¿no?—le contestó Olivier

— Mira, no me jodas; —le dijo Ignacio cabreado— y si es así, ¿Dónde está el resto del paquete?, porque lo que yo he podido tocar era menos de la mitad —dijo Ignacio, mientras Elena se iba intentando apartar poco a poco de la conversación, buscando entre la gente que les rodeaba alguien con quien hablar.

— Este paquete es un resto que me dio Elena el otro día —dijo Olivier, convencido de que Ignacio no se creía nada de lo que le estaba contando, ya que ni él mismo era capaz de construir con veracidad esta historia. Pensó en seguir con la mentira y decirle que el paquete era de Elena, que se lo estaba guardando, pero Elena ya le había delatado antes sacándose un paquete del bolso que llevaba; en ese momento, Ignacio pidió a Elena que los disculpara y apartó a Olivier hacia un lado.

Ignacio y Olivier se apartaron y dejaron a Elena sola, que aprovechó para ir al servicio, que era por otra parte, la única opción que le quedaba.

— No me puedo creer que estás fumando otra vez —dijo Ignacio

— Pues ya ves.

— ¿Desde cuando lo haces? —le preguntó a Olivier

— Desde el verano asiduamente —le contestó Olivier

— Osea, que desde antes del verano ya habías vuelto a caer… Me parece de una persona tan cobarde, que después de lo mal que lo pasaste para dejarlo hayas vuelto a caer intencionadamente. Y lo peor es que no me hayas dicho nada.

— Sabía que te ibas a enfadar. Mira como te has puesto en cuanto lo has descubierto…—le dijo Olivier

— ¿Descubierto? Yo lo sé hace meses, pero quería ver hasta donde podías llegar. No había que ser muy listo para darse cuenta, sobre todo por las pistas que ibas dejando. El aliento con olor a tabaco, los mecheros repartidos por toda la casa, los largos paseos a por el periódico…—Ignacio respiró hondo y su gesto empezó a tornarse mucho más serio—Me parecía demasiado tener que recurrir a registrarte tu bolsa, no quería tener que llegar a ese punto. Y la casualidad ha hecho que me entere de esta manera. ¿Quién lo sabía?

— Pues todo el mundo —le contestó en voz baja Olivier, como si hacerlo así hiciera que el impacto fuera menor

— Estupendo. Todo el mundo sabe que fumas menos yo, que vivo contigo —le dijo Ignacio

— No creo que sea para tanto, Ignacio. Es tabaco, lo dejo otra vez y ya está. Tampoco creo que me cueste tanto.

— No es sólo eso, Olivier. Estoy muy decepcionado. No concibo que me engañes, ni en esto siquiera. En las cosas sencillas es donde la gente demuestra su verdadera forma de ser. Y lo que para ti es una tontería, para mí es una decepción que me hace plantearme muchas cosas.

— Siento que te hayas enterado….

— ¡Joder! ¿Qué sientes que me haya enterado? ¡Es increíble! ¿Así que me engañas durante meses y me dices que sientes que me haya enterado? Lo tuyo no tiene nombre, tío. Deberías sentir haber vuelto a caer como un idiota y no que yo me haya enterado—el tono de Ignacio iba subiendo cada vez más, hasta el punto que los que les rodeaban comenzaban a mirarles.

— Bueno, pues te prometo que lo dejo, créeme.

— Mira Olivier, ya me lo prometiste una vez y no lo has cumplido. No puedo creerte ahora porque ya me fallaste una vez.

— Pues perdóname por lo menos por no haberte dicho nada…

— No puedo Olivier; por mi cabeza ahora mismo están pasando demasiadas cosas que no tiene que ver con esto y que no me dejan pensar. Me voy a casa, me has amargado la noche. Tú haz lo que quieras, y despídeme de Elena.

Ignacio se marchó de allí con ganas de llorar; la alegría de la gente que iba apartando de su camino para poder avanzar contrastaba con su tristeza. Y por primera vez desde hace mucho tiempo, las dudas volvieron a su cabeza. Ignacio sabía que haber hablado de Ángel no había sido buena idea….

14 enero 2005

Relato número cinco: Los perros lo tinene más fácil

El parque del centro no era el que más beneficios producía, pero era el que más le gustaba a Iván. Parecía como si allí apreciaran su arte más que en otros sitios, si es que la gente de la calle se pudiera plantear que lo que un mimo hacía era arte.

En una mano, los guantes aún por colocar. En la otra, el cesto con unas monedas reclutadas de la colecta del día anterior. Lo de restos es solo un decir; el día anterior aquello era todo lo que había recibido a cambio de su no-espectáculo. Eran ya casi las doce, asi que Iván iba hoy bastante tarde. Solía llegar al parque a las once, para estar subido en el cajón y listo a las doce, pero hoy se había entretenido más de la cuenta bajando al perro. Al parecer, los perros también tienen sus instintos sexuales bastante desarrollados, y la aparición de la Terrier del segundo no lo había dejado indiferente. Lo que la semana pasada había quedado en un mero acercamiento, hoy se había convertido en un acoso en toda regla. Por suerte o por desgracia su perro había ido pareciéndose tanto a él a lo largo de estos años que hasta compartían las ganas de sexo, aunque su deseo se orientaba a especies diferentes.

— Ojalá para mí con esa chica todo fuera tan fácil como lo es para ti con Kika —Dijo Iván. Tan solo olisquear un poco, montarla y a follar como leones. Además, por lo menos tú puedes comunicarte….

Iván tenía claro que ese día no le iba a sacar de pobre; a medida que se iba acercando a su lugar habitual, iba observando a la gente que en ese momento poblaba el recinto. Viejas mironas, niños de la mano de sus padres, indigentes durmiendo al sol, parejas empalagosas con ojos solo para sus parejas… Ni rastro de potenciales clientes. A pesar de todo, a las doce en punto llegó al segundo banco desde la entrada, el lugar donde solía colocarse. Le daba una vista perfecta de todos los que entraban al parque. Cogió su caja de estricto color negro, la colocó entre los dos bancos, en el centro exacto. A continuación, sacó su neceser y extrajo la pintura blanca. Primero puso una gran cantidad sobre sus mofletes, y a continuación comenzó a extenderla con las dos manos. Utilizando el reverso de un CD como espejo improvisado, acabó cubriendo su cara de maquillaje blanco. Después, un lápiz de ojos de color negro le sirvió para perfilarse los bordes de sus ojos y labios, y para dibujar alguna que otra lágrima en el ojo derecho. Guardó después todos los avalorios utilizados y comenzó a colocarse los guantes: en primer lugar el izquierdo y después el derecho. Para cuando había terminado eran las doce y veinticinco del mediodía…. Unas horas menos de sueldo.

A las 15:30, parón para comer. Ella no había aparecido, y para más NRI, el bocadillo que había traído no tenía calidad suficiente para alcanzar siquiera esa categoría. Iván hjabía comentado alguna vez entre sus amigos lo poco reconocido que estaba el esfuerzo que hacía un mimo por comerse un bocadillo sin perder el maquillaje. De grandes injusticias estaba el mundo lleno, ya se sabe. Y así, entre pensamiento lúcido y pensamiento absurdo, transcurría el tiempo para él. Hasta que de pronto, a lo lejos, la imagen: se trataba de ella, sin duda. A pesar de que estaba a unos cien metros de distancia, eran sus ojos. Nadie le había mirado como ella en toda su vida, y eso no se olvida por muchos kilómetros que haya entre un ojo y otro ojo. Rápidamente, se incorporó como pudo pero sin perder en ningún momento la compostura de mimo. Tiró el bocadillo a las ratas aladas que se encontraban rodeándole desde que vieron el papel de plata que lo envolvía y se limpió la boca con los guantes que le cubrían las manos. Haciendo como que representaba su número, se fue acercando con parsimonia a su cajón, que las palomas habían cagado, pues esa es su misión en la vida y ellas son muy bien cumplidas. Se subió como pudo al cajón cagado, no sin antes sacar de su bolsillo el papelito que tenía la llave de su futuro amoroso. Colocó la carta que le había escrito, con su número de teléfono en el sombrero, esperando que, como cada día, ella se quedara mirándole un buen rato. Pero claro, ¿cómo desviar la atención de la chica hacia el sombrero cuando lo más seguro es que si miraba sólo lo hiciera durante unos segundos, el tiempo exacto de echar las monedas?

—Ya se me ocurrirá algo — dijo Iván.

Poco a poco, la chica se iba acercando e Iván tomaba su postura habitual. Para cuando sabía que ella le podía ver, Iván ya había ensayado dos veces el número que pensaba realizar: el de siempre, el que a ella le gustaba. Cien metros, setenta y cinco metros, cincuenta metros, veinticinco metros…. y vino la paloma. Putas palomas que siempre están en los momentos cruciales de su vida. A un niño que pasaba se le cayó al suelo un paquete de palomitas, con lo que la paloma, ansiosa por comer todo aquello que es atraído hacia el suelo por la fuerza de la gravedad, se acercó revoloteando hacia el sombrero.

La situación actual era: ella a tres escasos metros de Iván, la paloma engullendo las palomitas y el papel volando diez metros más allá. Las consecuencias inmediatas serían: ella no podría leer la carta de amor, Iván no podría hablarle porque los mimos no hablan, y menos en horas de trabajo, y la paloma habría comido por tres días. Por primera vez, y a pesar de que su cara expresaba el odio que en ese momento sentía hacia las palomas en particular y, por ende, a todo animal alado, pensó en pedirles ayuda. Pero bueno, la inteligencia de las palomas no daba para más y como era de esperar, no interpretaron correctamente sus aspavientos. Al contrario, se dedicaron a asustarse y lanzarse contra la chica, a la que este nuevo número no le estaba gustando demasiado. Con todo, consiguió que la chica se alejara cada vez más del círculo imaginario que los rodeaba. Primero hacia un lado, y luego hacia el lado contrario, donde estaba la nota. La chica, al ver el papel en el suelo, lo pisó con el pie derecho. Dubitativa entre agacharse o no, al final optó por hacerlo, cogiendo el papel y huyendo intentando disimular la vergüenza que seguramente sentía, como quien coge un billete del suelo que no le pertenece.

Al final no lo llamó. Resultó que el papel sólo estuvo en poder de la chica durante unos segundos. Quizás pensó que se trataba de la carta de algún depravado, y se deshizo de él. Pero Iván no la vio tirarlo, y todavía continúa esperando, rodeado de palomas.

13 enero 2005

Relato número cu4tro: Ave María Purísima

Abel: ¿Por qué has llegado tarde?

Jorge: Me ha entretenido el de Plástica, que quiere que vengan mis padres a verle

Abel: ¿Otra vez? Tío, como sigas así, te van a expulsar

Jorge: No, es porque dice que no me ve por el buen camino

Abel: Joder, que pesados con lo del buen camino. Esto de estar en un colegio de curas le hace a uno elegir el mal camino, solo por molestar

Jorge: Ya te digo. Yo cada vez estoy mas harto de los curitas. Y lo peor es que nadie se queja, a todo el mundo le da igual

Abel: Bueno, tu y yo si que nos quejamos…

Jorge: Sí, pero entre nosotros; después a ver quien tiene huevos de decirle nada al sobón de Don Eusebio. Es como lo de venir a misa; a mi no me importa porque perdemos clase, pero escuchar el sermoncito de siempre… con eso si que no puedo

Abel: Por cierto, ¿quién da la misa hoy?

Jorge: Pues no se; la última la dio Don Eusebio, así que esta supongo que la dará el nuevo. Ese no nos ha dado ninguna todavía

Abel: Dicen que es buena gente

Jorge: Si, eso lo dicen las niñas, pero es porque es guapo y están todas como locas ahí detrás de él. Seguro que hoy no se oye una mosca en toda la iglesia durante la misa. Y seguro que todas se van para él a darle la paz. Y nada de manos, besos en toda la cara seguro.

Abel: Pues a mi me da vergüenza confesarme con este… no le conozco de nada.

Jorge: Mejor, así no nos puede reprochar mucho de lo que hemos hecho hasta ahora

Abel: ¿Tú no crees que Don Eusebio le habrá puesto al corriente de nuestros pecados?

Jorge: Hombre no creo, siempre nos dicen que el secreto de confesión es inviolable. Mira lo que dijo el Fede sobre aquel que había robado en la tienda de electrodomésticos, que el cura lo sabía pero no lo podía decir

Abel: Eso es mentira; ¿como sabe él que el cura lo sabía?

Jorge: Se lo han dicho la madre

Abel: Si claro, y tu vas y te lo crees

Jorge: Yo ni me lo creo ni me lo dejo de creer, pero a mi todos los curas están todo el día dándome la vara con lo de tocarme

Abel: ¿A ti también? A mi ya me ha cogido Don Eusebio y el director, y yo con él nunca me he confesado, así que tú me dirás…

Jorge: Joder, pues yo al Eusebio le he contado cosas que me da vergüenza que sepan los demás…

Abel: Son todos iguales; encima que nos confesamos, van y lo cuentan todo por ahí. Anda que si no me obligaran me iba a confesar yo. Menos mal que es una vez al mes solamente, porque yo no tengo pecados para tanto.

Pero da igual, hagas lo que hagas seguro que es pecado. El otro día me dijeron que rascarse es pecado.

Jorge: ¿Rascarse pecado? ¿Quién te ha dicho eso?

Abel: Un amigo de mi hermano. Que cuando te pica, si te rascas y te gusta, es pecado

Jorge: Pero si te rascas ahí abajo ¿no? ¿O es si te rascas en cualquier parte?

Abel: Creo que es en cualquier parte. Ya sabes que todo lo que da gusto es pecado

Jorge: Pero mi padre dice que los curas dicen eso porque como ellos no pueden hacer nada, pues se dedican a decirnos que todo lo bueno es pecado, para que no disfrutemos tampoco nosotros. Pero que no hay que hacerle caso

Abel: ¿Entonces para que te mete en un colegio de curas, si no quieres que le hagas caso a lo que te dicen los curas?

Jorge: Pues yo que sé, creo que es porque no me admitieron en el otro, el que va mi hermana.

Abel: ¿Y tú te vas a confesar hoy?

Jorge: Que remedio... ¿No me puedo tomar la ostia si no confieso?

Abel: Creo que no. Debes pasar primero por el confesionario y después tomarte la ostia.

Jorge: Si, si eso lo se. Pero digo si pasará algo si no me confieso. ¿Se dará cuenta el nuevo? Es que me apetece tomarme la ostia, pero no tengo ganas de confesarme. Creo que soy el único al que le gusta comerse la ostia. Y ya si me la dan con vino…

Abel: Tío que te van a oír, no digas eso. Además, comulgar sin confesar tiene que ser un pecado de la hostia. Mejor no lo hagas, vaya a ser que te pillen

Jorge: Lo peor es cuando te tomas la ostia y vienes al banco a ponerte de rodillas. Nunca se que es lo que hay que hacer. Yo me siento, y hago como que hago algo, pero en realidad estoy concentrado para que no se note que no se lo que tengo que hacer

Abel: A mí también me pasa. ¿Por qué no lo preguntas?

Jorge: ¿Estás loco? La bronca que nos puede echar si se entera que hemos estado haciendo el tonto aquí desde hace años. Esos son por lo menos 15 padres nuestros

Abel: Pero que mas da, si te mande los que te mande no rezamos ninguno…

Jorge: Ya, pero me siento menos culpable por no rezar si me mandan dos que si me mandan quince

Abel: Dime los pecados de los que te vas a confesar, para no repetirnos

Jorge: Ufff… Pues los de siempre, si es que no se me ocurre ninguno mas

Abel: Bueno, yo voy a decir lo de no hacerle caso a mis padres, lo de quedarme con el cambio del dinero del pan y lo de tocarme

Jorge: No, lo de tocarme déjamelo a mi, que siempre lo confiesas tu. Di tú lo de la envidia.

Abel: No, el de la envidia no lo quiero que después me dan más padres nuestros para rezar. Que ese debe de ser gordo y está muy caro librarse de él

Jorge: Pues te cambio el de tocarte por el de quedarse después de gimnasia en el vestuario a ver como se visten las niñas

Abel: Vale ese sí

Jorge: Bueno, pues entonces yo el robar dinero del pan, hacerle caso a mis padres y tocarme, y tú dices lo de digo lo de pegarle a tu hermano y lo de la envidia.

Abel: ¿Y si me pregunta si me toco que hago?

Jorge: Pues dile que no, que te han dicho que si haces eso te quedas ciego y que te da mucho miedo quedarte ciego

Abel: Eso no se lo cree ni el cura

Jorge: Pues dile que te han dicho que te salen granos si te tocas mucho

Abel: Eso le dije a Don Eusebio la última vez, y me preguntó si el Fede se tocaba mucho porque le estaban saliendo muchos granos

Jorge:¿Y que le dijiste tú?

Abel: Que seguramente si, porque el Fede está desarrollando y a mi todo el día me está hablando de guarrerías

Jorge: Anda que tú también…

Abel: Que quieres, siempre nos están dando caña a nosotros, ya es hora de que a los demás les echen la bronca de vez en cuando, ¿no?

Jorge: Es verdad, aquí todo el mundo comete pecados pero sólo los contamos nosotros. Y después, claro, tenemos entre los curas la fama de pecadores

Abel: Además, también le dije una vez que el Fede no estaba bautizado

Jorge: ¿Cómo le dijiste eso si no es verdad?

Abel: Yo no sé si es verdad; a mi me lo ha dicho el Juan, que su madre y la del Fede son muy amigas, y dice que se lo ha contado

Jorge: ¿Pero eso como va a ser? A ver, si no estás bautizado no puedes estar en un colegio de curas, ¡y menos hacer la comunión!

Abel: Dice que engañaron a los curas cuando entró en el colegio

Jorge: No me creo nada

Abel: Bueno y entonces ¿porque no tiene fotos del bautizo?

Jorge: Pues yo que sé, supongo que no tendrían cámara para hacerlas, o todas se quemaron en un incendio, yo que se

Abel: Si hombre no van a tener cámaras

Jorge: Mira, no me cuentes tonterías que a mi me dan igual y tú lo que quieres es despistarme y que se me olviden los pecados. Entonces quedamos en lo que hemos hablado, ¿no?

Abel: Si, yo mis pecados y tú los tuyos

Jorge: Ah, por cierto, ¿me prestas el discman para después?

Abel: ¿Para después cuando?

Jorge: Para cuando nos mande la penitencia. Paso de estar ahí media hora rezando todo lo que me mande. Así me escondo los auriculares en el cuello de la camisa y echo la cabeza a un lado mientras muevo la boca como si rezara

Abel: Tío, un día te van a pillar

Jorge: No es la primera vez que lo hago. ¿A que no te habías dado ni cuenta?

Abel: Pues no….

Jorge: Bueno, ya nos toca. Tú primero, después voy yo. No me lo cabrees mucho

Abel: Allá voy. Después te cuento.

18 octubre 2004

Relato número tres: Normalidad Aparente

Cada día me levantaba una hora mas tarde que él; para esa hora del dia, él ya estaba física y psicológicamente preparado para afrontar el día más bullicioso y cansado que se pudiera imaginar. Pero a qué precio…

Compartir piso con él y empezar a conocerle fue todo uno. Al principio, sus manías y perfeccionismos me hacían gracia, sobre todo porque se había convertido en una persona a imitar; llegaba a tener tal control sobre toda su vida que el verme reflejado en él hacía que mi vida pareciera un desastre organizativo. Poco después esa idea fue dándose la vuelta hasta llegar al extremo opuesto: en ningún caso mi vida era la cruz de la moneda, sino que la suya era la verdadera cruz para él.

La convivencia a su lado hizo que fijarme en sus manías y perfeccionismos no supusiera ningún esfuerzo; a diario podría realizar mas de 100 cosas “a su manera”, y como sólo él podía hacer. A mí solo me quedaba observarle y sorprenderme.

El día, para él, se dividía en tres secciones: pre-mañana, mañana y tarde. Cada una de esas secciones debía estar perfectamente organizada y calculada desde el día anterior. Lo más curioso es que no necesitaba ningún tipo de soporte para llevarlo a cabo, como pudiera ser una agenda, sino que su cabeza permanecía perfectamente estructurada y organizada con toda su planificación. Cualquier imprevisto en ese plan le hacía sentirse desubicado, frustrado y le ponía bastante nervioso. Yo me aprovechaba de esa situación para ver hasta que punto podía llegar en su nerviosismo, y cuan importante era para él realizar todo aquello que tenía planificado y en el orden previsto.

Un día, aprovechando no se qué situación de desconcierto para él, me senté con él para intentar tranquilizarle. Por supuesto no lo conseguí, pero si entendí que él era consciente de su problema. Tras una larga conversación, me reveló con detalle su rutina diaria y los perfeccionismos y manías que la acompañaban.

A las 6.30 sonaba el despertador; no cualquiera, sino SU despertador. Había rechazado tres antes de decidirse por el que tenía ya que el leve tic-tac que producían los anteriores no le permitía conciliar el sueño. Tras apagarlo inmediatamente, se levantaba y se colocaba las zapatillas que la noche anterior había colocado justo en el punto en que sabía que sus pies tocarían el suelo al incorporarse. A continuación, al baño, donde procedía al lavado de dientes, que se producía antes y después del desayuno. A pesar de que faltaban horas para salir, procedía a peinarse con toda parsimonia, con el objetivo de eliminar cualquier pista que hiciera sospechar que minutos antes estaba durmiendo.

El desayuno era lo menos novedoso en su rutina diario. Desde hacia cinco años venia desayunando lo mismo. Un par de tostadas de su marca de pan favorita (que disponía en el tostador durante 1,35 minutos exactos) y un café con leche, en proporción 50/50. Dos cucharadas de azúcar medidas con una cuchara que abarcaba un volumen de azúcar superior al normal.

Una vez tomado el desayuno, al que no dedicaba por sistema mas de 10 minutos, procedía al estudio de sus asignaturas. Para ello, su habitación estaba visualmente preparada para ello. Lo primero que hacía era encender una barrita de incienso para crear el ambiente de estudio. Preparaba el flexo alumbrando directamente al atril sujeta libros, y se preparaba su arsenal de bolígrafos, lápices y fluorescentes que usaba con minuciosa exactitud: el bolígrafo para escribir esquemas, el lápiz para subrayar y los fluorescentes para rodear palabras a recordar. El tiempo también estaba presente; había colocado 4 relojes distribuidos a lo largo de la estancia para poder ver la hora mirara a norte, sur, este u oeste. Ni que decir tiene que estos relojes estaban perfectamente coordinados. Cada hora, 15 minutos de descanso visual. Así hasta la hora de la comida.

A la hora de cocinar, tan sólo tenía que combinar todos los alimentos que había ido posicionando en la cocina en alguno de los descansos realizados durante su tiempo de estudio. A veces, preparaba todo con tal minuciosidad que sólo tenía que colocar en la olla todos los contenidos de los diferentes recipientes. No dejaba nada a la improvisación, y la comida no iba a ser menos. Una vez cocinada, la servía en un plato especial, que sólo él utilizaba. Al igual que los cubiertos, exclusivos y de su propiedad.

Verlo comer era todo un espectáculo. Una vez que él me contó el proceso, le observé, y pude comprobar con asombro cómo seguía las normas que él mismo se había impuesto. Si la comida llevaba guarnición, en todo momento una pieza de carne o pescado iba acompañada de su correspondiente guarnición. Nunca comía dicha guarnición de manera individual, sino solo como acompañamiento. En caso de finalizar con la carne o el pescado si, pero nunca antes. A cada bocado le acompañaba religiosamente un trago de agua. De manera que su rutina era: carne-guarnición-pan-sorbo de agua. Siempre igual. Todos los días. Desde hacía cinco años.

También me habló de los momentos en que salía a la calle: sólo pasaba por determinados lugares, algunas calles estaban prohibidas: las que no tenían lozas de colores que le permitieran dar cada paso en una loza diferente. Llegaba a dar verdaderos rodeos que a veces hacían el trayecto dos veces más largo de lo normal. O de cuando le tocaba subir a un ascensor acompañado: aguantaba la respiración hasta el final del trayecto, por no respirar y aspirar cualquier tipo de virus.

Ahora que todo ha pasado siento que el final de esa conversación hubiera sido el momento perfecto para ofrecerle mi ayuda. Ni yo lo hice ni creo que él la hubiera aceptado. Pero el caso es que tras leer la carta que me dejó, ví como a su manera, no hacía otra cosa más que pedirme ayuda, sólo que hacerlo de una manera directa hubiera sido salirse de su plan establecido; me di cuenta de que éste no solo había abarcado a su rutina diaria, sino que su tela de araña también se había extendido sobre su forma de ser, pensar y actuar.

Me sorprendió descubrir como todo aquel control sobre su vida no era más que el último esfuerzo que realizaba por salvar aquel barco. Sólo confiaba en él mismo y a él confió aquella tarea. A pesar de no haberlo conseguido, y por más cosas buenas que me dejara durante nuestra amistad, sólo consigo recordarle a través de sus perfeccionismos y manías; ahora soy yo el que no respira en los ascensores ni pisa aceras que no contengan colores, y sólo se permite el lujo de comerse la guarnición cuando ya no existe nada que acompañar.

06 octubre 2004

Relato numero dos: El futuro elegido

El calor aquella tarde era insoportable. La abuela de Nerea Almeida se debatía entre el desvanecimiento y la conciencia en una esquina de la destartalada iglesia. A pesar de que todos venían de motu propio a la boda, mas de la mitad hubiera deseado no tener que asistir a tan irreal acontecimiento. Allí estaba Nerea Almeida: en la iglesia, delante del altar, y, por fin, vestida de blanco: la única razón por la que eligió la Iglesia como sitio para casarse.

Nerea Almeida conocía perfectamente lo que todos pensaban del hecho de que ella se casase con semejante personaje. Por un lado, estaban los que continuamente estaban martilleándola con información sobre las juergas nocturnas de Alberto Jauregui, como su hermana. Ella la ignoraba, pero en el fondo sabía que todo lo que le contaba era verdad. Por el otro, estaban sus familiares que le recordaban continuamente cuan ruin iba a ser su vida al lado de Alberto. Ella intuía perfectamente su futuro, pero no le parecía tampoco que mereciera algo mejor. Y ya por último estaban los que la animaban a dar el paso, más que nada porque después de 15 años de noviazgo aquello tenía que acabar de alguna manera, buena o mala, eso daba igual.

A pesar de que era una persona que no tenía lo que se dice demasiada lucidez ni rapidez mental, esa mañana estaba extrañamente inspirada para imaginar.

Desde su cama, esperando a que sonara el despertador que la noche anterior había fijado a las 8:15, empezó a pensar en cómo sería la vida después de su boda.

“Al principio podré seguir con mi trabajo de profesora en la escuela para sordos, pues con el dinero que ganamos entre los dos podremos tener asistenta. El problema vendrá en cuanto el hijo de Alberto que llevo dentro no me permita seguir; en ese momento tendré que dejarlo por unos meses. Y cuando el niño nazca, empezarán los gastos; llegará un momento en que no podamos mantener a la asistenta y yo tenga que dejar mi trabajo y venirme a casa; ya me veo como Carmen Maura en una película de Almodóvar, rodeada de niños que no quiero y con una familia impuesta contra mi voluntad. A todo esto habría que sumarle que el amor de mi marido ya no lo tendré; la monotonía le habrá hecho olvidar lo que nunca sintió por mí.”

Por un momento Nerea se vio a si misma como la imagen heredada de su propia madre; una persona frustrada, con mil ideas que llevar a cabo y un muro perenne contra el que chocaba continuamente: su padre. La idea le horrorizó, y poco a poco, su cabeza empezó a zigzaguear por un camino que ella nunca antes había transitado.

De repente, sin saber como, su mente se vio invadida por un pensamiento: la muerte. Desde pequeña, la imagen que se había ido formando en su cabeza sobre la muerte no tenía nada que ver con la que otra mucha gente tenía. No la veía como algo negativo, sino como el fin a todo lo que empieza. Asumió que tenía que morir casi antes de asumir que había nacido. Cada vez que veía a alguien por la calle mendigando, pensaba que lo mejor que le podía ocurrir a esa persona era la muerte.

Para los protagonistas que contaban sus miserias en los programas de televisión, ella intuía que la muerte solucionaría todos sus problemas. De hecho, alguna que otra vez llamó para darles ese consejo, solo que nunca le pasaron la llamada en directo.

En los países pobres, Nerea pensaba que la única solución para atajar el problema del hambre era empezar desde cero, es decir, eliminar a los que ya existían y repoblar dichos países con gente del primer mundo, para que nacieran ya como países civilizados.

Y ahora Nerea Almeida se preguntaba si la muerte solucionaría la vida que a ella le esperaba. O mejor aún…. Si la muerte de Alberto solucionaría la vida que a ella le esperaba.

Pero por un momento, Nerea Almeida tuvo miedo de pensar lo que estaba pensando; ese miedo se desvaneció en cuanto pensó en las dos alternativas que se abrían ante ella: su suicidio no le parecía para nada cobarde; para que continuar con algo que no va a acabar bien. el asesinato de Alberto era la otra. El problema es que no sabía cual de las dos le produciría más satisfacción y tranquilidad.

Para solucionar sus temores, se permitió el lujo de viajar mentalmente al momento justo posterior a la muerte. Primero se planteó su suicidio. A pesar de que era demasiado cobarde para hacerlo, sabía que al final acabaría haciéndolo. Eso sí, no elegiría una muerte violenta, para sufrir ya estaba la vida. Visionó su muerte y la paz que ella le traería. Pero después pensó en todo lo que habría dejado inconcluso: sus propios hijos, los niños de la escuela, aquel libro que nunca acababa,… Le parecía que su muerte sería desperdiciar una vida que todavía tenía mucho que ofrecer.

Así que se situó en el momento de la muerte de Alberto. Por supuesto ella sería la que le matara. Quizás lo haría de un fuerte golpe en la cabeza, pero ¿con qué objeto? Elegiría el palo de golf: a él siempre le gustó el golf, y si le hubiera preguntado seguro le habría dicho que sí, que le matara con un palo de golf. E imaginó el momento del golpe, la caída de Alberto, y la sensación de libertad que sentiría. Sólo por ese minuto, ese minuto posterior a la caída, en el que solo se oyera el silencio, valía la pena decidirse por esta opción. Además, ella sabía perfectamente que él no iba a echar de menos la vida. No tenía inquietudes, nada que ofrecer que no estuviera dicho o hecho ya. No sería una gran perdida. Si normalmente a una persona se la olvidaba al paso de 4 generaciones, a Alberto se le olvidaría, a lo sumo, en 2.

Desde la cama, a las 8:10 de la mañana, Nerea Almeida había decidido que Alberto Jauregui debía morir para solucionar su vida. No sabía todavía cuando, el reloj la había impedido continuar con el plan. Se levantó de la cama, y comenzaron todos los preparativos de un día de boda cualquiera. Peluqueros, maquilladores, fotógrafos, el traje, el ramo, el coche, el padrino…. Y en su cabeza una imagen y una sensación: el altar y el minuto de paz posterior al golpe.

Y ahí estaba Nerea Almeida, contestando “sí, quiero” a la pregunta del cura, pero sabiendo perfectamente que no, no es eso lo que quería. Lo que ella quería solo ella se lo podía dar, y por una vez en su vida iba a ponerse manos a la obra para conseguirlo.

04 octubre 2004

Relato número uno

Hola.

Seguramente no sabrás quien soy, ni esta carta tiene el objetivo de que lo adivines. Aunque tú no me conoces, yo a ti si, o por lo menos, eso imagino mientras te veo a través de esta ventana.

Todas las noches, cuando me acerco al cristal te encuentro en tu balcón, con un vaso en una mano y un cigarrillo en la otra. Al principio me servias de tranquilizante cuando no podía dormir; pero ahora me despierto siempre a la hora que sueles asomarte para observarte.

Es como un ritual, me gusta verte no por nada especial, sino por imaginar qué motivos son los que te llevan a permanecer ahí, mirando la noche durante un rato. Quizás no puedes dormir, pero no creo. A lo mejor es el único momento de calma que tienes durante el día y te gusta aprovecharlo en soledad. O quizás tu también salgas a mirarme a mi, quien sabe.

He observado que tienes dos hijas. Tu familia parece normal, tu marido trabaja y tus hijas van al colegio como todos. Pero tú…. te veo vagar por las calles a hora temprana, sin rumbo fijo y cumpliendo tus obligaciones de manera automática. No tienes amigos en el barrio, no hablas por cortesía con nadie, y solo te diriges a tu perro, cuya alegría contrasta con tu tristeza.

< style="font-family: verdana;">Mi imaginación echa a volar, y durante las noches, en el ratito que te observo, empiezo a pensar en cómo tu pareja descarga su ira contra ti a lo largo del día, y en como esa copa y ese cigarrillo te ayudan a sobrellevarlo mejor. O quizás son tus hijas las que no te hacen feliz y te provocan un sentimiento de fracaso maternal. A lo mejor piensas que el mundo te sobra, o es más sencillo que todo eso, y eres una persona decepcionada contigo misma por no haber aprovechado tu vida en algo que realmente te llenara. Me pregunto cuál será la última película que has visto; o cuando fue la ultima vez que fuiste al cine o al teatro; que tipo de música te gustará y cual fue el último disco que te hizo sentirte viva.

Quizás todo lo que haces cada noche es intentar desaparecer arrojándote al vacío pero no tienes el suficiente valor. Yo desde aquí no podría ayudarte, solo esperaría ver el final de una historia que no se ni como empieza ni como acaba, ya que solo existe en mi imaginación.

Sólo espero que esta carta no sea principio ni fin de nada, sino que sirva para que sepas que cuando sales a ese balcón, no pienses que estás sola, porque hay alguien que te mira, te observa y te imagina seguramente como no eres, y al que haces feliz imaginando una historia que quizás puede ser la suya.